viernes, 14 de septiembre de 2007

QUE ENSEÑAN SANTA FE Y CÓRDOBA
Balas y anchoas
FE Y CORDOBAEl escandaloso episodio cordobés y el cierre de las listas nacionales extreman las contradicciones oficiales. Producto del reclamo social por la renovación de métodos y personas, el kirchnerismo supone que la complacencia con los poderes preexistentes, como el PJ, la CGT y los grandes grupos económicos, asegura la gobernabilidad. Está atento a no repetir los errores de la década del ’70, pero esto no lo preserva de cometer otros, de consecuencias no menos nocivas.
Por Horacio Verbitsky
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Táctica y estrategia
La donación de un enorme predio a la Unión Industrial, en cuyo encuentro anual Kirchner pronunció un discurso; la presencia de Cristina en los coloquios de IDEA y de la American Society (donde no hubo empresarios de Estados Unidos sino de la Argentina pero convocados por esa organización de lobby que desde la jubilación de David Rockefeller no significa nada en su país de origen); las visitas presidenciales a las plantas de Techint y Aluar (adquiridas y/o construidas con subsidios públicos) y las programadas a la sede de Acíndar y a la asamblea de la Asociación Empresaria, no pueden atribuirse al azar. Como la opción por el Pejota, la designación de Daniel Scioli como candidato bonaerense o las dilaciones en cumplir el prometido otorgamiento de la personería gremial a la CTA, para no molestar a los empresarios que prefieren entenderse con la CGT, responde a una idea de la gobernabilidad que pasa por la complacencia con los poderes preexistentes. Como táctica preelectoral que ayude a llegar a la meta sin más zozobras tiene fecha de vencimiento cercana. Pero no constituye una estrategia sustentable para el periodo que se abrirá en diciembre. En cuanto la economía modere su crecimiento imponente del último lustro y la tasa de ganancia de las grandes empresas se reduzca a niveles menos exorbitantes que los de estos años ninguno de ellos se contentará con lisonjas. Pretenderán condicionar la política del Estado y reducir a la impotencia al proceso político más vital y plebeyo en un cuarto de siglo de democracia. La fuerza que no se organice hoy para resistir ese embate anunciado, no estará disponible entonces.
ALGO SOBRE REVOCATORIA DE MANDATOS.
Evo: Revocatoria de mandato debe definir autoridades cuestionadas

Evo Morales Ayma, manifestó este miércoles que el pueblo, a través de la revocatoria de mandato, es el que debe definir la permanencia o no en sus cargos de las autoridades electas, municipales, prefecturales y de Gobierno que sean cuestionadas en su trabajo a fin de evitar conflictos sociales. Esta aseveración lo realizó en ocasión de participar de la sesión de honor en homenaje al 102 aniversario de Quillacollo, ubicado a 13 kilómetros de la ciudad de Cochabamba, en instalaciones del teatro Teófilo Vargas. En su intervención el presidente Morales Ayma señaló que “si el pueblo boliviano ha elegido mediante su voto a un Alcalde y si se descubre que está robando al país, el pueblo tiene derecho a revocar su mandato”, afirmó. El Primer Mandatario fue enfático al señalar que es obligación del pueblo controlar el trabajo de las autoridades tanto el Presidente de la República, el Prefecto, el Alcalde y si es necesario demandar el cambio de la autoridad, en caso de que no cumplan con su trabajo porque “aquí nadie puede ser el mandamás, el todopoderoso”, agregó. “Yo he aprendido durante todo este tiempo que se debe mandar, como decía el sub-comandante Marcos, ‘mandar obedeciendo al pueblo’, y si uno obedece al pueblo pues es una autoridad que sirve al pueblo”, aseveró Morales Ayma. Según el Presidente, del 100 por ciento de los conflictos, a nivel nacional, el 70 por ciento son provenientes de la prefecturas y de las alcaldías y denunció que las movilizaciones son guiadas por móviles políticos y no por reivindicaciones legítimas. En ese contexto manifestó el Mandatario que se ha planteado que en la nueva Constitución esté incorporado el referéndum revocatorio para evitar conflictos y enfrentamientos entre todos los bolivianos. Resaltó que en el caso de comprobarse actos de corrupción por más que sean del Movimiento Al Socialismo (MAS) serán sacados de las instituciones. En ese contexto, el Jefe de Estado señaló que se está apostando por un cambio democrático cultural mediante una Asamblea Constituyente que encuentre consensos en la redacción de la nueva Constitución. Evo Morales Presidente de Bolivia
"La izquierda debe ser ante todo anticapitalista".
Entrevista a Rossana Rossanda 08/07/07

Stefano Bocconetti entrevistó a Rossana Rossanda para Liberazione, el órgano cotidiano de Refundación Comunista.

"¿Unidad de la izquierda?". No tiene "la menor duda de que es necesaria". Y cualquier cosa que vaya en esa dirección, "será siempre mejor que nada". Pero no se hace ilusiones: la unidad de la izquierda, la unidad de todo lo que se mueve a la izquierda del [nuevo] Partido Demócrata [italiano] servirá de poco: "No se va a ninguna parte, si no se vuelve a afrontar el verdadero nudo del problema": el análisis de la globalización, el análisis de este capitalismo capaz de mercantilizarlo todo. Desde la producción, hasta las relaciones humanas. Un análisis no realizado hasta ahora. "Tampoco, y muy señaladamente, por parte del partido que edita tu periódico". Rossana Rossanda, la "muchacha" del siglo breve –fácil juego de palabras con el título de su último libro, autobiográfico: La muchacha del siglo pasado, que, con sus 39 ediciones, ha ganado el premio Strega del pasado año—, responsable de cultura del PCI a comienzos de los años sesenta, luego expulsada del partido, fundadora de Il Manifesto; en suma: una de las más autorizadas exponentes de la cultura de la izquierda italiana, parece escéptica ante el debate que tiene lugar en nuestros días sobre un nuevos sujeto unitario de la izquierda. Pero ni siquiera este adjetivo –"escéptica"— resulta adecuado. Porque ella lo que ve son los límites de esa discusión. Límites que arraigan propiamente en el rechazo, "por parte de todos", a enfrentarse con la cuestión olvidada: el capital. Qué es hoy, qué dominación ejerce.
Vamos por partes, Rossana. ¿Por qué crees tú que ahora todos hablan de "sujeto único" de la izquierda y no se usa ya la vieja –pero harto más clara— fórmula del partido? ¿De qué se trata?
No sabría decirte. Me guío por la intuición. Y supongo yo que con el "sujeto" se pretende dejar de lado una mayor articulación, a fin de que todas y cada una de las siglas puedan mantener sus virtudes y sus defectos. Sus aparatos y –¿por qué no?— su financiaciones. Sea ello como fuere, a mí me parece que también la elección de palabras como ésta refleja una difundida desconfianza en la forma partido. Forma muy exorcizada, pero poco analizada. En substancia: todos dan por descontado que un partido no puede sino ser regimentación vertical, antidemocrática. O por naturaleza, o por necesidades de funcionamiento. Pero todo eso proporciona una coartada para eludir una propuesta fuerte.
¿Y en qué consistiría una "propuesta fuerte"?
A mí no me gustan las polémicas, razón por la cual me guardo mucho de abrirlas. Pero no hace mucho, alguien, afirmando la necesidad de proceder de inmediato a una conjunción de la izquierda existente, ha sostenido que, en el fondo, los varios jirones de la izquierda italiana tienen mucho más en común entre sí que, por ejemplo, la Linke en Alemania. Pues bien; basta molestarse en leer los documentos del reciente congreso de esta nueva fuerza política alemana, para descubrir que ese partido perfila un análisis serio y eficaz de la evolución del capitalismo, definiendo para sí mismo un papel de oposición a la dominación del capital. Vieja palabra, es verdad, pero que a mí me parece que sigue siendo la más apropiada. He ahí la idea fuerte. La que falta en Italia.
¿No te parece que estás siendo poco generosa? En el fondo, Italia ha sido un poco la cuna de un nuevo pensamiento crítico. Basta pensar en Génova, en los Foros Sociales. Porque es de esta Italia de la que ha partido la idea de una relación fuerte entre política y movimientos sociales. ¿O no?
Y ahora reflexionamos sobre esos movimientos. Yo creo que son importantes. Lo han sido y lo seguirán siendo. Pero no es con espontaneidad que afrontaremos las cuestiones decisivas.
Para entendernos: el proyecto al que ha dado vida Rifondaziones Comunista, el de la Izquierda Europea, es el mismo "sujeto plural" que debería unir a la izquierda y que prevé formas estables de relaciones con lo "social". ¿Te parecen experimentos inútiles? ¿Acaso no es ésta la vía para renovar la política?
Aclarémonos: yo no soy indiferente a quien habla de la necesidad de construir una "masa crítica", capaz de gravitar sobre las instituciones alcanzando una dimensión suficiente como para hacer imposible su descarte en los equilibrios de gobierno. Hasta aquí, estamos todos de acuerdo. Pero en todo esto queda un punto indefinido: ¿qué o a quién representa este sujeto, a qué "bloque histórico" de 2007 responde y qué se propone? ¿O es que hay alguien que sostenga que una sociedad compleja trae consigo la existencia de una miríada de "bloquecitos" históricos? Pero seamos serios, por favor. La definición de sujeto "plural" de la que se habla ahora alude a una suerte de conjunción o federación destinada a recoger el mayor número posible de sensibilidades, pero te repito que serviría sólo para eludir los asuntos más espinosos.
Que tendrían siempre que ver con la definición de una estrategia para salir de la dominación del capital. ¿No es así?
¿Queremos hablar claro?
De eso se trata precisamente aquí
Entonces tenemos que partir del primero de estos "asuntos espinosos". La pregunta es: ¿será un sujeto anticapitalista, o no? ¿Y qué significa ser "anticapitalista" en plena mundialización?
Tampoco aquí, Rossana, creo que se parta de cero. No puedes negar que esta izquierda, también y sobre todo la izquierda social italiana, haya tratado de definir los perfiles de una política antiliberal.
Decir "antiliberal" hoy ni siquiera significa una táctica, porque esa táctica debería insertarse en un horizonte y en un camino que ni siquiera han sido bosquejados. Queda claro: ni siquiera por parte de los movimientos. Que sin duda resultan más simpáticos porque al menos no reflejan los intereses, pobres e inevitables, de un aparato de partido. Pero te repito: toda esa miríada de antagonismos, cada uno tan radical como separado de los otros, ni de lejos pone en discusión un sistema poderoso y capaz de una represión doblada de consenso que ni siquiera habríamos podido imaginar hace treinta años.

¿Es entonces invencible el capitalismo?
Capitalismo al que habría que oponerse. Pero, en suma, ¿sabemos qué son hoy China o India? Son sólo los ejemplos más flagrantes del consenso al capitalismo. Un capitalismo que, dejado a su aire, traerá consigo nuevas y dramáticas guerras comerciales. Y eso no lo digo sólo yo; basta leer a Immanuel Wallerstein. Una terrible regresión. Pero ¿quién discute sobre eso en Italia? ¿Quién debate sobre eso en la izquierda? Nadie.
Pero si el cuadro es tal y como tú lo pintas, ¿por qué ha recobrado en Italia vigor la discusión sobre el papel de la izquierda? ¿Sólo por que se han divido y fragmentado los Demócratas de Izquierda?
Me temo que sí. Te diré más: aquí nos aferramos a la antigua idea de que todo gran partido representa un segmento social y electoral estable que, si se deja sin punto de referencia, esperar sólo a ser llenado por otros que reflejen su cultura y sus necesidades. Yo no estoy nada segura de la verdad de esta tesis que –seamos claros— ha alimentado también a las nuevas izquierdas de los años setenta. Porque la crisis de un gran partido no lo es nunca solamente de los grupos dirigentes; revela también muchas otras cosas: una difundida incertidumbre sobre lo que se es, nutrida por la reticencia a mirarse al espejo. La crisis de un partido altera las esperanzas y reorienta las necesidades. En suma, se pierde a mucha gente por el camino. Sin contar con el hecho de que un "gran partido", por su sola existencia, da seguridad; y no está dicho que los otros partidos, que se presentan como más "fieles a los orígenes", consigan atraer a sus ex adherentes. Es un error que hemos cometido todos, y en el que incurrió por mucho también –¿por qué no decírselo?— Rifondazione Comunista.
Pintas un cuadro con tintas bien obscuras. No obstante, si bien se mira, a esta izquierda italiana que, como tú dices, evita medirse con los problemas reales, a esta izquierda le ha bastado encontrar un mínimo de unidad de acción parlamentaria para conseguir un aumento de las pensiones mínimas...
Unas pocas decenas de euros brutos al mes para personas que reciben quinientos. Desarmante. Pero incluso en este caso: en Italia tenemos una izquierda que todavía no ha afrontado de cara el nudo de Europa. De esta institución que es una parte importante de la dominación capitalista global. Una dominación que, de hecho, hace muy difícil, casi imposible, cualquier hipótesis redistributiva. Y sin embargo, tampoco de eso habla la izquierda italiana. Se ocupa de otras cosas. Pero que no se me malentienda: yo digo que es mejor que nada que las diversas siglas de la izquierda se ponen de acuerdo para la unidad de acción en el plano institucional, a corto plazo. Lo que me parece es que no se arriesgan a llegar más lejos. Insisto: mejor que nada. Pero si luego llegan por fin a teorizar todo esto, bueno... a eso no hemos llegado.

lunes, 3 de septiembre de 2007

ALGO SOBRE POLÍTICA

¿Política de lo imaginario?El cuidado de Castoriadis de desprender la política, y la libertad que ella implica, de las las lógicas de una historia universal son legítimas. No era sin embargo nuevo. En política, la organización de los tiempos se juega en el presente. «Es el presente el que domina al pasado», escribieron los autores del Manifiesto comunista. Domina también al futuro y la bifurcación de los posibles. Gramsci decía que no se puede prever más que la lucha, y no su resultado. Y Benjamín afirmó categóricamente: «La política prima de aquí en adelante sobre la historia»: se trata en lo sucesivo de abordar el pasado «no más como antes, de manera histórica, sino de manera política, con las categorías de lo político». La política es un arte estratégico de la decisión en una historia en la que ningún Dios, ninguna ciencia, ningún Espíritu absoluto garantiza su sentido. ¿Por qué la política? «Porque nosotros pertenecemos a este periodo cósmico donde el mundo está abandonado a su suerte», contesta a Castoriadis. Él entiende por política «la actividad colectiva reflexiva y lúcida que surge en el momento en el que se pone en cuestión la validez del derecho y las instituciones». O de nuevo, «la institución explícita global de la sociedad y las decisiones acerca de su futuro». Pero si la política debe «instituir todo radicalmente» [22], ¿cómo evitar el doble escollo del decisionismo sin criterios preexistentes del hombre real y del relativismo para el que todo vale lo mismo? ¿Cómo escapar de la antinomia del filósofo y del sofista, del clérigo y del militante (Benda/Nizan), del sociólogo y del opinador, de la verdad y de la opinión que recorren la cuestión política, tanto en Badiou como en Bourdieu? ¿Se puede imaginar un sofista no relativista?Castoriadis parece resolver el dilema por la invocación de la autonomía y el imaginario: «Nosotros llamamos política revolucionaria a una praxis que se da por objeto la organización y la orientación de la sociedad en vistas de la autonomía». La autonomía sería por consiguiente el criterio del juicio político. ¿Pero qué es la autonomía? ¿Autonomía de quién o de que? ¿Y quién detenta el poder exorbitante de definirla? La autonomía para la autonomía sería hacer sólo un formalismo de la autonomía. Y nadie podría estar contra el principio de una autonomía indeterminada. La cuestión sube de tono precisamente en el momento en que se trata de determinar el contenido y los modos de ella, ya sea en el sentido de un intersubjetividad comunicacional o cuando ella, de manera muy diferente, se propone como consejismo radical. La carta de la autonomía se arriesga, en consecuencia, a incurrir en las mismas objeciones que le hizo John Dewey a Trotski en su controversia sobre las morales en la política. A diferencia de la mayor parte de lecturas superficiales a Su moral y la nuestra, Dewey había captado perfectamente la interdependencia de fines y medios en Trotski: el fin no es suficiente para justificar los medios, porque el fin mismo exige ser justificado. Pero Dewey le reprocha a Trotski hacer intervenir subrepticiamente un sentido de la historia que rompe esa interdependencia. Le cuestiona, en suma, ser un pragmático y un immanentista inconsecuente, y restablecer de una forma enmascarada la transcendencia, un sustituto del último juicio.De la misma manera, si la autonomía es una ley inmanente del desarrollo histórico, ella no puede constituir un criterio a priori de la acción política; si interviene como juicio de valor normativo, ¿entonces quién es el juez? A menos que ella juegue simplemente el papel de una utopía regulativa de la decisión política, su horizonte sin cesar rechazado, que ayudaría a resistir las tendencias pesadas de las sociedades contemporáneas a la burocratización y la mediatización. Estas tendencias a las que Castoriadis ha tenido el mérito de estar precozmente atento, arrastran una rarefacción (o una intermitencia) de la política y un estrechamiento de la autonomía. En su Frente a la guerra, él intentó en 1981 analizar la estratocracia soviética como el estadio supremo del totalitarismo, donde el aparato militar-burocrático de Estado terminaría por devorar a la sociedad. ¿Por qué milagro la autonomía podría renacer de nuevo entonces? En un artículo del L’Monde, Edgar Morin veía a la época puesta bajo esta lógica y sus consecuencias extremas, oponiendo las dictaduras militares (de las cuales se podía regresar) y las dictaduras totalitarias (de las que no había regreso). En plena campaña ideológica por la instalación en Alemania de los misiles Pershings, esta distinción se parecía a la expuesta por la representante estadounidense, Jane Kirckpatrick, en la tribuna de la ONU. Más prudente, Castoriadis nunca publicó el segundo volumen anunciado de su ensayo sobre la guerra, aunque jamás explicó su extraña desaparición. No es, por consiguiente, sorprendente en esta evolución que después de haber escogido la revolución contra el marxismo, haya terminado entonces preguntándose: «¿Por qué queremos nosotros la revolución?», y ¿por qué los hombres la querrían ?¿Era todavía "deseable", preguntaba Foucault en esa época?Enfrentando el enigma del estalinismo y el totalitarismo burocrático, que era el principal motivo de disputa y división de los movimientos trotskistas desde la guerra, la temática del imaginario social y la eficacia simbólica aportaban sin ninguna duda un importante elemento de respuesta. ¿Pero por qué ese imaginario debería ser revolucionario, en lugar de conservador o reaccionario? ¿Por qué debería llevar a la autonomía en lugar de llevar a la heteronomía? Después de que el imaginario fascista fue tan vigoroso como el imaginario estalinista.Sin embargo, la burocratización inherente a las lógicas sociales de la modernidad implica, para Castoriadis, la integración no sólo del marxismo, sino del mismo proletariado al imaginario del Capital. No hay desde entonces qué oponer para una salida (¿imaginaria ?) del imaginario. ¿Se puede salir de la crisis presente ?, se interrogaba. «Sólo si un nuevo despertar tiene lugar, una nueva fase de creatividad política» [23]. Pero, ¿de dónde podría venir semejante nuevo despertar? ¿Qué fuerza podría provocarlo, si la clase explotada está totalmente integrada al imaginario del Capital y el marxismo a la ideología dominante? Esta invocación a un despertar súbito parece descansar en una salida hipotética de una voluntad indeterminada o en la apuesta por el surgimiento de un evento o acontecimiento milagroso. Se trata, dice Castoriadis, «de reinventar la autonomía». Eso es casi un oxímoro. O bien la autonomía se inventa ella misma permanentemente, o no es. Pero nadie tendría el poder de inventarla. A menos de resucitar el papel de la vanguardia, que ha sido cuestionado por otros. El problema es, en realidad, saber cómo el despertar esperado se articula con un proyecto profundamente arraigado en «la realidad histórica efectiva», al que Castoriadis no llega a renunciar cuando él apela a «la institución de una sociedad organizada en vistas de la autonomía de todos», que no sería ni una utopía ni una apuesta arbitraria, sino la apuesta condicionada y razonada de una «adhesión sin adhesión» (habría dicho Derrida). Para esclarecer la relación problemática de la institución imaginaria con el juicio político, el juicio reflexivo kantiano podría abrir una pista interesante. A condición sin embargo de no relacionar -como se hace demasiado a menudo- el juicio político con el juicio reflexivo del gusto, sino con el juicio teleológico que apela a una «causalidad por la libertad», diferente del mecanismo, «un saber, dice Kant, una causa de modo inteligente que actúa según los fines". Los fines entonces, y aquí esta la cuestión, no pueden heterónomos, asignados por algún decreto superior. La finalidad es al contrario «una legalidad de la contingencia en tanto que tal» que «puede entonces ser sin fin» [24]. Más que el juicio del gusto, el juicio político expresa esta teleología. No se trata de una simple constatación factual, ni de un juicio normativo, sino de un juicio puesto en un índice sobre la finalidad sin fin del desarrollo histórico y sobre la anticipación racional del proceso de universalización y de autonomización. A eso es a lo que nosotros llamaremos un juicio estratégico [25]. La política como estrategia, esa es precisamente la que está amenazada de desaparecer con la ganancia de una autonomía y una democracia sin mediación ni representación. Castoriadis recubre esta trampa mientras invoca una dialéctica de lo instituido y lo instituyente. El riesgo
es en lo sucesivo que una política de lo imaginario termine reducida a una política imaginaria, que es otro modo de nombrar a una política sin política. -- 4 de marzo de 2007 Extraido de: Políticas de Castoriadis Daniel Bensaid